No Necesito Meditar

Dic 14, 2020 | Historias Personales, La Trascendencia | 0 Comentarios

¿Para qué meditar?

cuando puedo despertar al murmullo del mar,

a melodiosas olas que arrancan con fuerza,

confiadas y llegan humildes, delgadas

como espuma que desaparece para descansar.

“Ven”, me invitan, “sumérgete en la Fuente.”

¿Para qué necesito meditar?

cuando la brisa de Santa Marianita

despeja hasta los ruidos más perturbadores de mi mente,

sacuden las hojas de los árboles, los techos de paja

y surfean los pájaros con las corrientes

trayendo sus cantos para mi deleitar.

Todos los sonidos naturales ahogan mis voces de neurosis y ansiedad.

He concluido, ¡Definitivamente, no necesito meditar!

cuando puedo contagiarme de la lentitud de la iguana

que me mira sin cuidado al rebasarlo con mi velocidad.

O aprendo de la paciencia única de los cangrejos rojos anaranjados

que esperan que yo siga con mi andar,

refugiándose bajo tierra dentro de su hoyo-hogar.

Meditar, ¿Para qué?

si los colores de la vista de mi casa inspiran tal belleza

que ni foto me atrevo tomar.

Mi respiración pierde por un momento

su ritmo lento, es como si por el asombro, me olvidé de inhalar.

¿De qué me sirve la meditación?

cuando seductora, como ella sola ,la hamaca baila con el viento

desplegando sus curvas y menear.

Despierta mi gozo e impulso por el wu wei,

el arte milenario de saber hacer,

sin realmente hacer, ni pensar.

¿Será una perdida de tiempo meditar?

cuando descubro que la paz existe en un solo grano de arena

que alguna vez fue roca y asumió su identidad

sin bronca y resistencia

al aceptar su inevitable transformar.

La armonía la reconozco cuando la sra. montaña

satisfecha con su inmensidad

rinde homenaje al infinito mar.

Baja su cabeza, frente en el piso, manos extendidas

gestos de total adoración, integrándose a este acto de amar.

Será que la tortuga de mar llegó a sus siglos de edad

porque aprendió a meditar?

Y el sol, poderoso creador de vida

alumbra hasta la luna que no brilla por si misma.

Admirado como Dios y orbitado por grandiosos planetas,

¿Será que el sol se iluminó al meditar?

¡No, no, no! Sin dudas, tampoco necesitó respirar.

Aunque…es verdad que este pensamiento repetitivo y revoltoso

solo lo tenemos el humano-yo.

Solo se nos ocurre a nosotros,

inventar la crisis existencial,

el estrés de la productividad,

el pecado mortal y

el pensamiento crónico de cuestionar nuestro caminar.

Entre pregunta y pregunta

casi llegando al absurdo.

Entre momento y momento,

entre reflexión, gratitud declarada y no declarada,

entre poesía e ideas que inspiran,

encuentro que el silencio esta ahí,

desde que llegue de la cuidad,

para sentarme en ésta, aquella silla frente al mar,

mi mente cedió su compulsivo y cotidiano balbucear.

Desde que llegué,

me percato, que nunca dejé de meditar.

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